Apego en la infancia: la raíz de los patrones emocionales en la vida adulta.
Vamos a hablar de porqué nos cuesta tanto poner límites. Porqué nos enredamos en relaciones que duelen. Porqué soportamos y justificamos mierdas que nos quitan disfrute en la vida. Vamos al lío, que esto tiene miga.
El apego en la naturaleza es un mecanismo esencial para la supervivencia de todas las especies. Muchos seres vivos dependen de este vínculo afectivo para crecer y desarrollarse. Cuanto más complejo es el animal, más sofisticado es también el sistema de apego. Una lagartija, por ejemplo, nace prácticamente independiente de su figura de apego; en cambio, un pato ya comienza a mostrar la necesidad de ese lazo.
La naturaleza ha diseñado el sistema de apego combinando hormonas, instintos y sensaciones placenteras para que las madres cuiden de sus crías por encima de todo, y para que las criaturas confíen en ese cuidado hasta poder valerse por sí mismas.
Sin embargo, en una sociedad insana, este sistema se altera. Cada madre llega con su propia historia personal que influye en cómo termina siendo este apego que tiene para ofrecer. A ello se suma, además de la sociedad que rodea a madre y criatura, la pareja o acompañante de vida, que también aporta sus patrones, generando sinergias que pueden reforzar o dificultar ese vínculo esencial. Lo importante es que, aunque la criatura no sea consciente de ello, el apego, sea seguro o no, le es tan necesario como el agua. Es el camino que la Naturaleza le dicta para sobrevivir y desarrollarse.
Autoritarismo y jerarquía social. El origen de los patrones de sumisión y poder
Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos en el marco de una sociedad insana. Una sociedad que imprime patrones de comportamiento en cada persona y que, de forma inevitable, influye en el tipo de apego que madres y padres ofrecen a sus criaturas. Esas criaturas crecen constreñidas dentro de esos patrones, que a su vez son reforzados continuamente por el sistema social.
Este sistema social autoritario se organiza en una jerarquía vertical muy clara: en la cima está el hombre, después la mujer, más abajo la adolescencia, luego la infancia, más tarde los animales y finalmente el resto de la naturaleza. Si miras a tu alrededor, verás señales de esta jerarquía por todas partes. A esa escala se suman factores intermedios como el color de piel, el origen, la clase social, las instituciones, la maternidad o la orientación sexual.
Nos hemos criado asumiendo esta jerarquía y llevamos sus huellas hasta los huesos. Esto explica por qué a veces te cuesta tanto defenderte o, en el extremo contrario, reaccionas con rabia frente a tu entorno. Puede parecer contradictorio, pero no lo es.
Cuando una infancia reprimida te enseña que es peligroso defenderte, expresarte o contradecir —por miedo a riñas, castigos, silencios o reproches—, en la adultez es probable que normalices abusos de los escalones superiores y, en cambio, descargues esa rabia contenida hacia los inferiores.
El verdadero cuidado no está en perpetuar esa cadena de abusos, sino en poner límites, contradecir, enfadarte y luchar contra los escalones superiores de la jerarquía. Solo así es posible romper el ciclo de opresión y abrir espacio a tu cuidado, estableciendo relaciones más sanas y conscientes.
Relaciones amorosas tóxicas: por qué las normalizamos.
Ahora vamos a una parte de la organización social que lo impregna todo: la familia nuclear heterosexual. En la jerarquía en la que vivimos, la orientación sexual situada en lo más alto es la heterosexualidad. Existe un enorme despliegue cultural —cine, televisión, redes sociales, medios de comunicación, arte— destinado a validar esta orientación como si fuera la única posible. Pensándolo bien, si realmente fuera lo que la especie humana necesitara, no haría falta tanto esfuerzo para convencernos.
Históricamente, venimos de tribus matrifocales, donde la comunidad entera —mujeres, hombres, infancia, personas mayores— sostenía a las madres y sus criaturas, garantizando así un apego seguro. Esa es la lógica biológica. En grandes mamíferos lo vemos. También en las poquitas sociedades matrifocales que aún resisten en algunos lugares. Sin embargo, desde hace apenas unos milenios, de manera forzada, tratamos de criar en núcleos familiares heterosexuales cerrados, reforzados por una cultura que nos repite sin descanso que debemos tener una pareja del sexo contrario y que esa relación debe estar en el centro de todo, incluso por encima de la crianza.
A esa maquinaria cultural se la denomina “amor romántico”. Y recordemos: dentro de la jerarquía social, el hombre queda por encima. Este autoritarismo inconsciente, tan interiorizado, se vuelca muchas veces en forma de abusos hacia la mujer. Ella, a su vez, puede no detectarlo, minimizarlo, normalizarlo o proyectar la rabia hacia otros. Por el camino, su salud mental y física se deterioran. Las estadísticas no mienten, y sólo por dar un ejemplo, el uso de ansiolíticos e hipnosedantes es mayor en mujeres.
Lo sano sería no permitir, no tolerar y no aguantar estas dinámicas. Pero no es tan fácil. Estamos programadas culturalmente para otra cosa. Así, del mismo modo que puedes dejar pasar una queja por un producto defectuoso porque se activan las alarmas inconscientes de las represalias, en esta sociedad también resulta “normal” soportar banderas rojas evidentes en una relación de pareja.
Nuestra defensa legítima ha sido debilitada desde la infancia: primero en casa, luego en la sociedad. Y esa falta de ejercicio defensivo la trasladamos a todos los ámbitos de la vida. Al final, todas tus decisiones pueden estar condicionadas por esta programación sociocultural.
Cómo deshacer patrones con la Terapia Polivagal: desbloqueo neurocorporal y sanación del sistema nervioso.
Haber nacido en una sociedad insana complica mucho las cosas. Identificar los patrones dañinos ya es un gran paso, y en eso la terapia hablada es de gran ayuda. Nos permite descubrir nuestros propios patrones y los de los demás, dejar de normalizar lo que nos hiere, abrir espacios de autoconocimiento y elaborar nuevas perspectivas. Pero tiene un límite: no evita del todo que volvamos a caer en esos mismos patrones. Los cambios son posibles, sí, pero suelen necesitar siempre de esa muleta -terapia hablada- para sostenerse en el tiempo.
Por eso, cuando trabajamos desde lo corporal, vamos más a la raíz. No se trata de “eliminar” los patrones (eso es imposible), sino de reestructurarlos. Enseñamos al cuerpo que ya no son necesarias esas defensas que nos protegieron en la infancia: callar, aceptar, tragar con todo o, en el otro extremo, reaccionar con ira de forma desmedida hacia quien no corresponde.
Con la terapia de Desbloqueo Neurocorporal Polivagal, ayudamos a tu sistema nervioso a entrar y salir de los estados de lucha-huida, congelación o calma de manera saludable, sin quedar atrapado en ninguno. Aprendemos a mantener la calma cuando no existe una amenaza real y a dirigir la respuesta de lucha o defensa hacia quien realmente corresponde.
Además, recableamos las conexiones neuronales dañinas que segregan química de estrés en exceso, enseñando al cuerpo a responder de forma más equilibrada. Con ello, lograrás relacionarte de manera más genuina con tu entorno, llevando esta nueva forma de estar también a tus relaciones amorosas.
El resultado es que aprenderás a identificar lo que no te hace bien y a realizar cambios reales. Cambios que sitúen el cuidado necesario —el tuyo y el de tus vínculos sanos— por encima de todo. Caiga quien caiga.
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